viernes, 4 de mayo de 2012

TESTIGOS




Para Harry Reyes
y Tito Curitima


Un sujeto en primera persona, un verbo en pretérito imperfecto y un adjetivo de lugar, eso es todo: “yo estaba ahí”. Puede que sea la frase más socorrida de un testigo, una persona que ha visto y da fe que su narración es fiel a lo que allí aconteció. “Yo estaba ahí”, una frase insistentemente escuchada tanto en la vida ordinaria como en procesos judiciales.

Durante mucho tiempo una conversación finalizada con un apretón de manos generaba un vínculo respetado por todos, suficiente para cerrar un acuerdo. Pero, ¿qué hacer cuando en uno de estos contratos orales surgían dudas? Fue el derecho romano quien dio curso jurídico al testimonio permitiendo a terceras personas que asistían a un contrato oral certificar este intercambio previa habilitación del jurado. Se sentaban las bases jurídicas del testimonio.

La confianza, la fidelidad, la fe son el fundamento del testimonio. Una sociedad desconfiada, un grupo humano basado en la mentira se vuelve irrespirable, difícil de soportar, complicado de vivir. Incluso los dedicados a actividades ilegales o asociales precisan de vínculos generados por la confianza. Los círculos íntimos de amistad, tanto de gobernantes, narcotraficantes o gente normal están basados en la confianza, en una “palabra dada”.

Cuando dos testigos diferentes dicen “haber estado ahí” y certifican cosas contradictorias, ¿a quién creer? Surge la duda, la sospecha. Hay testigos falsos, ¿cómo descubrirlos? Solo sabremos la verdad si el testigo está dispuesto a repetir su “versión de los hechos” cuantas veces sean necesarias y delante de quien sea, incluido un careo con el contendiente, por doloroso que sea. Estamos ante las puertas de la interdependencia: unos dependemos de los otros, pero no todos dicen la verdad.

Aparece de este modo la “soledad del testigo”, la posibilidad de que no sea creído. Sus palabras serán medidas e interrogadas hasta borrar todo atisbo de mentira, hasta donde sea posible, para al final ceder y “confiar”. Estamos en el núcleo del vínculo social. El testigo por excelencia, nos enseña el cristianismo, es el mártir: aquel capaz de dar su vida por sus convicciones.

No siempre se dan las condiciones para escuchar a los testigos, en ocasiones existen presiones fuertes para ignorar sus declaraciones. Los prejuicios y malentendidos están a la orden del día. Los procesos judiciales son un buen reflejo de esto último. Cuántos inocentes están encarcelados por algo que no hicieron y no han sido escuchados. Cuántos culpables están sueltos por falta de pruebas. Cuántos testigos amedrentados porque sus palabras son incómodas al poder.

Comentando sobre la Shoah, descrita en los libros de Primo Levi, dice Paul Ricoeur: “Hay testigos que no encuentran nunca la audiencia de escucharlos y oírlos”. Incluso en las peores circunstancias, los cristianos, confiamos en que Dios es nuestro testigo. Vivir de cara a Dios es un antídoto de esa “soledad del testigo”. En tiempos de relaciones líquidas, en tiempos efímeros, en nuestros tiempos… son más necesarios que nunca los testigos.
 

Miguel Angel Cadenas
Manolo Berjón
Santa Rita de Castilla – río Marañón.

Don José Icomena, de la comunidad nativa de Esparta



Mujer médico de San Juan de Lagunillas



“Adolescente” urarina de Guineal, río Urituyacu

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